
Había una vez un joven músico cuyo talento desbordante era tal, que podría tocar una melodía completa tan solo con haberla escuchado una sola vez. Sin embargo, y a pesar de interpretar virtuosamente en el piano, no había logrado trascender en aquel medio.
Aunque anhelaba con toda el alma triunfar en los más importantes escenarios, sus composiciones jamás podían ser terminadas. Simplemente no tenía inspiración.
Cada día se apilaban montañas de papel con notas incompletas plasmadas en él.
La frustración aumentaba; de manera que aquel joven, resignado y creyéndose carente de talento, decidió dejar todo y viajar por el mundo en busca de alguna otra cosa que fuera capaz de llenar esa sensación de vacío.
Durante algunos años visitó los lugares más insólitos, exóticos e insospechados; hasta que uno de tantos días, mientras caminaba por las estrechas calles de un concurrido mercado en algún lugar del Medio Oriente, algo en el aparador de una modesta tienda de antigüedades llamó poderosamente su atención: era una fuente de piedra; algo desgastada por el paso del tiempo. En un pequeño cartel escrito a mano que contenía el precio se leía: "Fuente de la Inspiración". Emocionado y un tanto inquieto, entró de prisa al local y preguntó al encargado por dicha pieza. El vendedor le contó entonces; más en un afán de cerrar el negocio, que aquella fuente era muy antigüa y su nombre se debía a que todo el que la había poseído experimentó un caudal de los más sublimes sentimientos y emociones de manera tal, que se podría escribir una obra literaria, musical o poética sin tener conocimiento alguno del tema.
El joven músico escuchaba cada palabra con atención; y a cada momento se sentía más emocionado e interesado. Decidió adquirir la fuente en ese instante y llevarla a su hogar tan pronto como fuera posible.
Al regresar a casa, ordenó la inmediata instalación de la fuente. Así, a la mañana siguiente de su llegada, un sonido suave y armonioso lo despertó de su sueño. Era el murmullo del agua fluyendo de la fuente y deslizándose sobre la roca.
El joven músico se levantó de inmediato y se dirigió hacia su estudio, en donde permaneció encerrado la mayor parte del día, escribiendo.
Nota tras nota, un acorde tras otro iba naciendo constantemente del prodigioso pensamiento de aquel hombre.
Fueron días, semanas, meses de arduo trabajo y concentración profunda los que había invertido para obtener el resultado que ahora tenía: ser el músico y compositor más famoso y aclamado del mundo. Su sueño se había hecho realidad; la fuente seguía arrojando el agua cristalina a raudales y con ella fluía también la inspiración del artista.
Una noche, mientras dirigía una de sus más gloriosas piezas musicales interpretada por la orquesta más importante de Europa, el maestro simplemente se desvaneció de pronto y cayó inconsciente en el escenario. Al mismo tiempo; y a varios miles de kilómetros de allí, la fuente cesó de arrojar agua, quedándose silente.
Días después, en una silla de ruedas, con semblante inexpresivo y la mirada perdida, el joven músico regresó a su hogar. Y mientras el agua que quedaba en la fuente se evaporaba lentamente; así también la mente del virtuoso se iba extraviando en el silencio; adentrándose cada vez más en las profundidades de algún lugar lejano, desconocido y sombrío.